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Inicio » 2014 » Enero » 26 » CARICATURA POLÍTICA Y FIGURACIÓN PICTÓRICA
18.44
CARICATURA POLÍTICA Y FIGURACIÓN PICTÓRICA

Por Ernesto Castro




¿Tiene futuro el dibujo en la época de la tableta digital?

El realismo tiene pocos amigos entre los estetas. Puede contarse su número con los dedos de la mano. Parece que fue ayer cuando Clement Greenberg denostaba la figuración pictórica como representación consumada del sentimiento pueblerino, altamente reaccionario ante la marcha del espíritu hegeliano desde la pintura de caballete hasta el flatness. Pero no fue ayer, sigue siendo hoy. El público abarrota las exposiciones de Edward Hopper en las principales capitales de Occidente mientras las instituciones que cobran la entrada desprecian a este tipo de pintores dada su incapacidad manifiesta de colocar lo que no huele a Modernidad en el cronograma del siglo XX. Ello excluye también a artistas claramente protegidos por los filósofos, como pasa con Francis Bacon, un islote de figuración sin contexto, directamente vinculado por los historiadores con el siglo XVI. Menos mal que Frederic Jameson ha roto hace poco la baraja publicando The Antiomies of Realism, una investigación sobre las diversas variantes del realismo y de la nostalgia por los fenómenos perdidos con interesantes proyecciones sobre nuestro tiempo presente, porque hasta hace poco parecía que el grueso de los estetas seguían suscribiendo de tapadillo una variante de este formalismo historicista, solo que añadiendo su corriente artística preferida a la cola del espíritu hegeliano.

Entre las margaritas aplastadas y los huevos rotos para hacer la tortilla de la estética contemporánea podemos encontrar numerosos géneros que gozan del favor del respetable aunque no de la crítica. Es el caso de la caricatura política y de la figuración dibujada. Si a finales del siglo XVIII Goya tuvo que disculparse en el prólogo a Los caprichos porque estaba utilizando géneros como la sátira o el retrato de costumbres, que hasta entonces habían sido prerrogativa exclusiva de los escritores, hoy día parece que sus herederos tienen que pedir permiso antes de entrar en el Museo. Hemos tenido que esperar a la muestra curada este año por Massimiliano Gioni, cuya propuesta centrada en los outsiders estaba felizmente condenada —sí o sí— a incluir elementos marginales, para que maestros indiscutibles como Robert Crumb figuren en la Bienal de Venecia. No obstante, esta exterioridad del dibujo respecto a determinadas instituciones no sólo responde a las necesidades y limitaciones expositivas del White Cube, aunque resulte ciertamente incómodo consultar el cómic de La Biblia a través de una vitrina, sino sobre todo a la vitalidad comercial que todavía retiene este medio expresivo, cuyo penoso soporte material hace prácticamente inviable la especulación y el lavado de dinero, realidades tristemente vinculadas con la mercadería artística, más allá del coleccionismo freak y de la acumulación nerd.

Hablando de nerds, en un capítulo de Big Bang Theory, una comedia que abusa de las carcajadas enlatadas tanto como del prejuicio cientificista, un nerd pregunta a otro: «¿Por qué la gente sigue pagando un dineral por el cómic físico cuando pueden descargarse gratis las viñetas de Interné?» Aunque la respuesta vuelva a incidir sobre la misma imagen tópica imagen («Recuerda que el trayecto hasta la tienda de cómic es la única oportunidad que tienen sus madres de entrar en su sótano a hacerles la cama»), la pregunta merece una segunda consideración. La presencia de dibujos sigue siendo el pretexto perfecto para acumular libros en papel una vez las tabletas y los e-readers han llegado para quedarse, modificando nuestra disposición hacia las estanterías abarrotadas, polvorientas y apolilladas. El hecho de que las editoriales apuesten en general por el volumen ilustrado como alternativa económica a los piratas digitales indica en esa misma dirección. Siguiendo la corriente del New Yorker, el semanal que lleva décadas reforzando su posición estratégica mediante la inversión en ilustradores a falta de textos que superen la calidad escrita de la competencia (véase The Esquire desde la fundación hasta la adquisición por Rupert Murdoch), el sector del libro tiene claro cuanto vale una imagen. Más que mil palabras, eso seguro.

Así las cosas, en la época de la estética relacional y de la comunicación audiovisual, ¿cuál sería la función y la posición del dibujo figurado? ¿Hay un lugar para el papel y el boli más allá de las virguerías detallistas de Juan Francisco Casas? ¿Puede ejercer alguna función pública una viñeta que caricaturiza una realidad política cuyo carácter absurdo supera toda imaginación? ¿Están condenados los herederos de Honoré Daumier a desaparecer una vez caigan en desgracia las publicaciones periódicas analógicas por falta de lectores? O peor aún, ¿acaso el retrato del turista en la plaza pública constituye la salida profesional natural a largo plazo del caricaturista?

Mi respuesta sigue siendo optimista. Viene siendo habitual que la caducidad tecnológica de algunos soportes creativos venga acompañada de una valorización imprevista de los productos culturales más interesantes del sector. La conversión de la novela en un producto de consumo minoritario dotado de cierta resonancia elitista no sólo coincide con el éxito del cine como espectáculo masivo, sino también con la edad de oro de la novela, a juicio de los expertos, circa 1920. Que conste además que estos instantes de consumación, marcados por una suerte de excelencia decadente, no están reñidos con la afluencia de público o con la remota posibilidad de cobrar por tu trabajo de artista. Que las series televisivas sean tanto más seguidas cuanto menos audiencia comienza a recabar la TV puede funcionar como ejemplo de lo primero. Que el poeta Alphonse de Lamartine llegara a ingresar unos cinco millones de francos, cifra nada despreciable hasta para los magnates del momento, cuando la novela por entregas y el folletín hacía tiempo que habían dejado atrás a los versos, puede funcionar como ejemplo de lo segundo. Si esto pasó en otros campos, ¿qué hay con la figuración dibujada y la caricatura política?

Veamos el caso de Andrés Rábago García. Este dibujante sigue siendo un ejemplo perfecto para analizar la evolución del dibujo desde la Transición hasta nuestros días. Resulta cuanto menos curioso que algunos de los dibujos que componen la serie del Bestiarum Matritense tengan una correlación actual exacta en las ilustraciones que acompañan los Ultrashows de Miguel Noguera. El Bestiarum Matritense, firmado bajo el pseudónimo de OPS, data de los años 80 y está compuesto por un conjunto de analogías visuales entre la fauna natural y los objetos que pueblan el ambiente de nuestras ciudades jugando siempre a la vez con distintos referentes físicos. Así, por ejemplo, Rayuela explota las asociaciones despertadas por el conocido título del libro con el objetivo de señalar un hipotético origen común, justificado en términos anatómicos, entre la raya de mar y la toga del cura. A su lado, pues estas bromas visuales vienen por pares, hallamos el sugestivo Porrompato, una mezcla evolutiva perversa a caballo entre la probeta de laboratorio y las aves que pelean por probar el pan del dominguero.

La curiosidad, como decimos, estriba en la utilización de un mecanismo asociativo idéntico en el llamado poshumor de nuestro tiempo. Una de las imágenes más reproducidas de Miguel Noguera muestra a un músico manco de una mano tocando una guitarra que en cierto modo también está manca. ¿El título? Visiones de Eurovisión. Suponiendo que Rábago García hubiera tenido una progresión cualitativa aritmética, mejorando la finura de su sátira desde los años 80 hasta ahora, uno podría pensar que las ideas de Noguera estarían desfasadas, ya que ambos tienen en común el objetivo declarado de reírse del propio marco de la ironía. Pero no es el caso. El caso es que Noguera puede reclamar como propia una técnica habitual, utilizada con profusión por los dibujantes de la generación anterior por la sencilla razón de que muchos de ellos, siguiendo el consejo dantesco, abandonaron toda esperanza y sutileza antes de fichar por los principales periódicos del país. Esta es la tragedia (y a la vez el éxito) de la caricatura política en España.

Basta con revisar las viñetas de El Roto para constatar la triste verdad de esta evolución. El nombre que hizo para siempre famoso el trazo de Rábago García tiene ahora más lectores que nunca, precisamente cuando la calidad del retrato de costumbres está en sus horas más bajas. Por muy aplaudidas que sean sus últimas caricaturas maniqueas del capitalismo, es indudable que las páginas de El Pais lucen unos dibujos que palidecen ante toda comparativa. En una ocasión escuché decir a Eloy Fernández Porta, crítico cultural afterpop, que las páginas de El Roto son tanto más necesarias cara a la galería cuanto menos comprometido políticamente con la izquierda se encuentra el diario que las publica. Es ahora cuando la caricatura, lejos de criticar el sistema cuyos rasgos elementales desdibuja, se convierte en el depositario de la nostalgia política, haciendo pensar a los lectores que ellos mismos pertenecen a una radicalidad política que no está presente; se siente incluida por el mismo diario que la rechaza.

Cabe cerrar este texto, por tanto, con una lección sobre la efectividad política y la visibilidad mediática. Sigue siendo una paradoja inapelable el hecho de que la posibilidad del qué decir llegue casi siempre cuando la pantalla mediática ha privado a los espectadores de cualquier criterio de evaluar a sus artistas preferidos. Con independencia de la barbaridad que digan, las palabras de los mediáticos serán tomadas muchas veces por buenas, devaluando de este modo el potencial de generar reflexión precisamente cuando son más escuchadas. Como hemos intentado señalar, esto también forma parte de los problemas que tiene que afrontar la caricatura política, una herramienta de denuncia low-tec que quizá mejore ahora que trabaja a la sombra del emporio audiovisual.


Tomado de:

http://salonkritik.net/10-11/2013/11/caricatura_politica_y_figuraci.php#more

Categoría: Textos | Visiones: 1773 | Ha añadido: esquimal | Tags: Política, caricatura, dibujo, figuración | Ranking: 5.0/2

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