PIXEL Vs. PINCELADA - 15 de Octubre 2014 - Arte Bajo Cero
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17.10
PIXEL Vs. PINCELADA

La falsedad del misterio

Por   J. S. de Montfort

Imagen: John  Doe

Píxel vs. Pincelada

Dice el joven ensayista Germán Huici (Madrid, 1981) en su libro Entre miradas (Elba, 2013) que la felicidad que nos produce la contemplación de las imágenes es, a la vez, una frustración, aunque consentida. Ya que, como espectadores, pactamos ese no saber a ciencia cierta cuál es el misterio último que encierran esas imágenes que nos atraen con el irresistible “suspense de su dialéctica”. Pero cuidado, que no habla Huici de las imágenes contemporáneas (del píxel), ni del afán actual por primar lo textual en las artes visuales, sino de la pintura, la buena pintura, la mejor pintura, la que “no aspira a ser verdad”, sino más bien un “espacio lejano, inhabitable, que esa a la vez maravilloso y siniestro”.

Porque la fascinación imaginaria es inherente a nuestra condición, nos dice Huici, y lo que debería demandar el espectador que busca un arte bueno es “la honestidad de la virtualidad pura, sin ápice de realidad”. Una cierta falsedad, pues. Que se nos hable desde “la insignificancia de la intimidad”, no desde “la grandilocuencia del discurso”. Nuestra época es difusa y, en ella, realidad y virtualidad (arte y vida, pues), se confunden en el ámbito de las realidades virtuales, razón por la cual es tan difícil definir lo que es arte hoy.

La clave, en cualquier caso, de la diferente contemplación de las imágenes y, por lo tanto, de su diferente naturaleza, pero también de la decadencia misma de la pintura, es que los sujetos del pasado (de un mundo menos estimulado visualmente) le dedicaban más tiempo a la contemplación de una imagen. Y nosotros, en nuestra era de la “multiplicidad superlativa de imágenes”, apenas tenemos tiempo para ellas.

Publicidad vs. Artesanía

La pintura aspira a congelar la vida y está realizada físicamente con sustancias fósiles. Desde la antigua Grecia, nos cuenta Huici, existe “una trágica resistencia” a admitir la condición orgánica de la propia naturaleza. Así, los cuadros son fósiles y la belleza clásica, consecuentemente, es “un culto al fósil”. La biología moderna y el cubismo profanaron la integridad del cuerpo y hoy se nos ofrece una deconstrucción del cuerpo.

La paradoja está en aquellos cuerpos que miran esas obras de arte en los museos: “carnes curtidas por el ejercicio, arrugas estiradas retando al paso del tiempo, vestidos ajustados que marcan pieles lisas, rasuradas hasta el sexo”. Una especie de “odas vivientes a lo cadavérico”, como si el espectador quisiese congelarse, erigirse él mismo en obra de arte clásica, en una reliquia espectral.

Esto revela, en opinión de Huici, un temor a la vida misma, pues es la carne de los cuerpos lo que da energía y vigor al arte. Y un síntoma de ello puede percibirse con facilidad en el gusto puntillista del público contemporáneo, nos referimos al éxito que generan los cuadros impresionistas, con sus formas que están a punto de reventar. Es el recurso típico del mundo capitalista, opina Huici, y que revela la crisis del mundo occidental, su espíritu de acumulación. Por ello, opina Huici que Seurat es un pintor plenamente contemporáneo, el pintor de nuestro tiempo. Sus cuadros nos generan la ilusión de que podemos abarcar la inmensidad.

Pero es un engaño, una forma de mantener el orden dentro del desorden del mundo, de continuar esta función circense de la contemporaneidad que es “a un tiempo farsa y cosmos”. Una especie de limitación sin límites, por así decir, que nos convierte en espectadores solitarios, sin empatía. Porque son visiones de la realidad cristalizada, las que nos propone Seurat; es una pintura exacta a la publicidad. Un espejismo que se desvanece a la primera ráfaga de viento.

De otro lado, tendríamos una estética de lo cotidiano que reivindica el trabajo manual y que podríamos encontrar en la pintura holandesa del siglo XVII. Se trata de ese gusto por otear y descubrir y que despierta en nosotros ese letárgico instinto de cazadores. Son cuadros que gozan de una temporalidad particular, dominada “por la infinitud del instante”. Estampas donde el silencio “adquiere una dimensión metafísica” y se produce en ellos un silencio de ideas. Cuadros como, por ejemplo, aquel que podemos ver el museo Thyssen, Interior con mujer sentada junto al hogar (1654), de Jacobus Vrel. Son cuadros que nos producen un tipo de placer que “tal vez evoque el abandono infantil a la destreza materna”, nos dice Germán Huici.

Una manera posible de disfrutar de una intimidad extrema, de las tareas manuales que se realizan con precisión y paciencia, “de forma mecánica y silenciosa”. Pinturas que nos invitan a la observación muda, que nos permiten recuperar esos tiempos del aburrimiento en los que no suceda nada. Y aquí precisamente estaría una de las razones fundamentales por las que se ha quedado desfasada la pintura, porque nos “resulta aburrido mirar tanto una sola imagen y esto nos aterra”. Pero sin aburrimiento, sépase, no hay reflexión y ciertos placeres son inalcanzables.

Ahora bien, esta contemplación paciente no está exenta de peligros, ya que puede que nos cansemos del vacío y comencemos a querer llenarlo de preguntas. Y es que, como bien nos recuerda Huici, esa curiosidad extrema nuestra y que nos lleva a querer desvelar todos los secretos, ha hecho que nuestras esperanzas queden ahogadas en su propio deseo irrefrenable por obtener respuestas.

 

 

Qué hacemos con la pura Nada

Ya no sabemos qué pensar, precisamente “porque podemos pensar cualquier cosa”. Vivimos en la era del humorismo, la era de Duchamp. Nos uniformamos porque somos incapaces de soportar nuestra individualidad. Y ahí están las mujeres de Hopper, que siempre son la misma mujer, variaciones de su esposa, Jo. Y el icono de la Mujer en el baño, de Lichtenstein. Una mujer a la que ya no le quedan secretos, y que apenas tiene sombra, una mujer vampírica.

No nos queda melancolía, ni dios.

Estamos obsesionados con la mercancía y hemos perdido el gusto por la realización de la obra, por el proceso. No le damos valor a ese gesto que tuvieron, por ejemplo, Renoir y Monet, acción de la pincelada contra el lienzo y que deja constancia más de lo que los pintores vieron y pintaron que lo que pensaron.
Tenemos que volver a pensar en términos de viaje, nos dice Huici, de la experiencia estética como un algo fascinante y tramposo. El encuentro estético entendido como alucinación. Ese momento en el que se intenta agarrar aquello que es “del todo inaprensible”, Como sucede en el Noli me tangere (1525), de Correggio, donde la Magdalena tiene una visión de lo bello, de lo suave de un mundo completo pero inhabitable.

Y se ha de recalcar que es el lenguaje, esa distorsión dialéctica contemporánea la que nos impide abandonarnos al trance, a la alucinación, a la experiencia. De nuevo, esa eternidad del instante. El buen arte de la pintura es aquel que nos proporciona una experiencia fugaz, pero ausente de toda duda. Lo decíamos antes: la ambición del artista moderno (pero también del individuo que visita los museos) es la de convertirse en “sujeto e incluso objeto del arte”. De ahí que su sentimiento clave sea la melancolía.

Arte y erotismo

Pero la experiencia estética necesita de un reclamo, de un marco que encuadre la mirada. Y el espectador debe contribuir: dejando embaucarse, estando en disposición de conceder, de aceptar la sorpresa. Porque la experimentación de lo bello acontece siempre como “en una especie de tropiezo”. Así, una vez atrapados, nos adentramos en un territorio virtual, “en el que espectador y obra juegan un papel secundario […] y esa otra cosa que es al belleza pasa por completo a un primer plano”. Daniel Arasse lo expresa así: “como si para disfrutar de la pintura fuera preciso no tener un lugar propio”.

No se olvide que lo bello “es un espacio transitable pero inhabitable”, un lugar en el que nosotros no tenemos cabida. Lo bello es “el simple descanso de nuestra condición de ruidosos objetos pensantes y parlantes en medio de un mundo que sólo devuelve silencio”. Es un lapso de silencio, un estadio en el sencillamente no pasa nada. Pero no una plenitud mística, ya que nuestra contemporaneidad laica nos urge a buscar ese espacio otro en vida, aquí y ahora.

Lo que garantiza la virtualidad de la pintura es precisamente ese “mírame y no me toques”, por la razón de que diluye el deseo sexual. De hecho, y como nos recuerda Germán Huici, la fascinación por los cuerpos desnudos y por los bodegones es análoga. Es justamente la inhibición lo que nos produce placer. En definitiva, que el goce por la pintura proviene del hecho de que no es pornográfica. El objeto de deseo se ubica entre lo estético y lo tangible. O dicho de otra manera: ”el arte tiende todos los puentes, ofrece todos los reclamos, para que, en el último momento, nos descubramos en la más íntima de las distancias insalvables”.

Germán Huici lo sentencia de la siguiente manera incontrovertible: ”el arte y la vida siempre nos dejan a medias, ésta es la clave de su atractivo”.

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*Germán Huici, Entre miradas, Ed. Elba, Barcelona, 2013, 106 págs.

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