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Del erotismo a la seducción: en torno a Kant y Kierkegaard II parte

Del erotismo a la seducción: en torno a Kant y Kierkegaard III Parte

Mag. Sebastián  González Montero
Universidad Javeriana,  Bogota - Colombia


Del placer al deseo

Podemos resumir nuestra cuestión volviendo a los términos de Baudrillard: después de las orgías y de la liberación de todos los frenos, en seguida de los escenarios impúdicos de la pornografía, ¿qué queda? Una sexualidad, dice él, que ya nada tiene que ver con "la ilusión del deseo, sino con la hiperrealidad de la imagen” (1997: 51). De allí que la pregunta deba ser planteada de la siguiente manera: ¿cómo huir de la imposición del simulacro como un ‘passage à l’acte sexual’ sin recurrir a un ascetismo puritano? ¿Cómo salir de la noción de demanda en el concepto de deseo sin renunciar a la violencia de la transgresión? ¿Cómo pensar un deseo que ya no sea el punto cero de la tensión libidinal y que, sin embargo, pueda ser considerado lujurioso, escabroso? ¿O es que sólo sería legítimo desear unos senos, unas nalgas? ¿Es que la sexualidad sólo remite a la cópula?

La salida que planteamos esta mediada por la lectura de Bataille, Sade y Kant. Como una puerta de entrada al paso del placer al deseo, mostramos que el erotismo es una dimensión de la sexualidad que no responde exclusivamente a los anclajes originados en la idea de la satisfacción en las cosas, sino a una irreductible ambigüedad humana: en el antagonismo entre las regulaciones y las apetencias está la clave del deseo ya que permite ver que no se trata de los objetos ni de lo que representan a nivel sexual. Nuestra idea básica es que el deseo puede ser especificado como un influjo inmaterial en la voluntad que no sólo remite a la apetencia, sino a una relación siempre abierta que nos vincula con el mundo mediante gestos, afectos, percepciones, etc., de diverso orden. En otras palabras, deducimos del deslizamiento Bataille/Kant/Sade la idea de que el deseo no se identifica ni inmediata ni necesariamente en nuestra relación con lo real y que, por el contrario, remite a un plano de afección/producción/representación mixto que desborda categorías como el placer, el fetiche, el sexo.

En ese sentido, Sade no sólo trae escenarios descarnados de cuerpos llevados por sus perversiones; entre otras cosas, pone en evidencia el principio de intensificación del deseo por la vía del exceso y la perversión –incluso más allá de la simple fornicación. La joven Eugenia no sólo es el aprendiz de la vida libertina; en el fondo, representa la posibilidad de subvertir los signos más preciados de la virginidad y la pureza. Eugenia es un personaje que descubre con facilidad la potencia de los afectos y, con ello, la transgresión erótica en el sentido de la posibilidad de ultrajar las interdicciones morales por vía de los actos nacidos de la preeminencia del deseo. En una perspectiva similar, Madame de Saint-Ange y Dolmencé son personajes que representan la plausibilidad radical de la transgresión. Ellos no sólo son amantes extraordinarios que fácilmente pueden entregarse a las acciones más viles; también ponen en escena que el deseo lleva –más allá del placer– a los confines de la voluntad de goce: el crimen. Ese será un tema recurrente en Sade. No lo tocamos con cuidado, pero uno de sus más bellos relatos tiene que ver con los personajes de Juliette y Justine. Cada una de ellas representa los polos de la naturaleza humana: una está dedicada a la vida libertina mientras que la otra simboliza la rectitud de la vida religiosa. Todo el relato de los Infortunios de la virtud puede ser caracterizado en la idea de que entre la una y la otra se enfrentan constantemente el dominio racionalizado de las pasiones y la libre circulación de las pasiones (cfr. 1971)

En el caso de Kierkegaard dimos cuenta de un vínculo entre el seductor y Cordelia en un nivel que ya no es el de la demanda, el placer y la satisfacción. En la galante seducción de Cordelia pudimos ver que no se trata (exclusivamente) del sexo, del cuerpo o de las oberturas, sino de una lógica que nos enfrenta al juego ritual de la seducción y a la restitución de las apariencias. Los estadios eróticos representan la mixtura de un deseo que pasa por la Belleza de Cordelia, pero se articula en un plano simbólico que llega hasta el Destino, como diría Baudrillard (1989: 95). Desde el principio, con el primer encuentro, el seductor se enfrenta al desafío de ligar a la joven, al tiempo que hace frente a un hecho ineludible: su deseo ha quedado abandonado al erotismo de un juego simbólico incondicionado; su voluntad no tiene más remedio que entregarse a la seducción. Por eso el seductor encara su Destino: "[él] no puede preciarse de ser el héroe de ninguna estrategia erótica, es sólo el operador sacrificial de un proceso que le rebasa por mucho” (Baudrillard, 1989: 96). Así, la seducción deja de ser un simple proceso de encantamiento y elegante persuasión para convertirse en la realización inevitable del deseo. El ritual no sólo se define en las maniobras de un hombre que quiere conquistar a una dama. Aceptando que eso está implícito, el seductor se consagra ritualmente a una dimensión estética que lo determina. La seducción es un fin incondicionado –fin sin finalidad– y, por ello, es el horizonte de sus acciones, el destino de su conquista31.

Ahora bien, no hay que tomar como ejemplo privilegiado ni a Sade ni a Kierkegaard. De ellos nos ocupamos porque son ejercicios literarios que muestran unos regímenes semióticos particulares que, en cualquier caso, no deberían ser tomados como modelos de lo que comprometería una relación sexual, de lo que significa las prácticas-límite de la transgresión o las estrategias para seducir. No hay que asumir nuestras descripciones como consignas que defienden ámbitos de la sexualidad más nobles o superiores en relación con lo ‘porno’. Y es que el deseo nada tiene que ver con la decencia o el predominio del erotismo o la seducción como pasiones ilustres; tiene que ver con un proceso de producción expresado en diversos registros que desbordan el placer como centro de atención. Incluso habría que hacer la siguiente pregunta: ¿cómo rescatar el plano de la elaboración simbólica sin renunciar al sexo?

Además permítasenos decir que, en todo caso, el problema de fondo tiene que ver con algo más que la distancia entre la imagen pornográfica y la literatura; en realidad, no sólo se trata de su simple antagonismo. La cuestión es que frente a la demanda (como vacío fundamental que está a la base de las peticiones por el placer) creemos que es necesario forzar el concepto de deseo a responder tanto como aclarar lo que significa decir –en términos de Deleuze– que es un afecto que circula en zonas de intensidad y de flujo (cfr. 1994:63). Y ello por la siguiente razón: partir de la idea de que el deseo se define en las demandas –de satisfacción, de placer– hace que nos encontremos en una posición en las que corremos tras de un imposible. Las demandas son agujeros negros del deseo; son un cierto vacío que no puede ser llenado porque siempre presupone que ‘algo falta’ (más sexo, más belleza…). Al contrario, deberíamos consentir nuestro placer y ligar nuestro deseo a instancias que posibiliten los intercambios simbólicos y la circulación de los afectos. El espacio simbólico no es una superficie hueca; más bien, siempre está llena de recuerdos, percepciones, imaginaciones y fantasías. Se trata de contenidos positivos que constantemente vinculan el deseo y que forman una malla interminable de signos a través de los cuales circula.

Eso quiere decir que no hay una forma idealizada de los objetos del deseo tanto como puntos de su circulación. Al plano objetivo de lo real no le corresponde otro ‘más real aún’ del que nos ocupamos tercamente. Por el contrario, el registro simbólico puede ser entendido en el marco mismo de los signos, de manera que se eluda el tema de lo que impide llegar a lo Real para abrirle el paso a una pregunta difícil de responder: ¿cómo ocuparse de los signos en la superficie de su expresión? ¿Cómo pensar un deseo liberado de las determinaciones (semióticas, políticas, sociales)? Esas cuestiones representan varios retos: desembarazarse de las codificaciones de las imágenes publicitarias quiere decir que se debe poder dar cuenta de las diversas posiciones de deseo implicadas en el flujo del intercambio simbólico. Pero más que eso, librarse de la economía ‘porno’ de los signos supone caminos que nos saquen de la dialéctica de la demanda, esto es, de lo que conduce al callejón sin salida de la petición por ‘algo’ que no está en los objetos de atención y demanda.

En efecto, la filmación ‘porno’ no es sólo la captura videográfica de la realidad –del sexo que ocurre entre actores–, sino un registro de lo Real, esto es, de una parte que se nos escapa constantemente y que, en el caso de la sexualidad, sólo puede ser realizado mediante un simulacro del deseo fundado en el modelo de la demanda. En ese sentido, el fetichismo ‘porno’ se define en la eficacia de la imagen para mostrar una experiencia de lo Real enteramente producida en signos que giran alrededor del Falo. Por eso, nuestra reflexión acerca del tema de la castración: los signos fetichizados remiten a los modos de simbolizar la ausencia del falo o el miedo a perderlo. La función del signo-fetiche, como vimos, es exponer a la vista del ‘voyeur’ sustitutos de una sexualidad tributaria de todo aquello que sólo puede ser realizado mediante signos que giran en torno al Falo: las felaciones, las penetraciones, las salpicaduras de semen en el rostro, etc. Insistimos en que el registro videográfico ‘porno’ haría las veces de expresión simbólica de la dimensión subjetiva de la sexualidad. El ‘porno’ es un fenómeno paradigmático de la relación del hombre con su imagen: el porno es una expresión de la identificación producida entre el sexo y la sexualidad. ¿Qué se desea?: ¿una mujer desnuda? ¿Varias? ¿Cuerpo prominentes? ¿Penetraciones indebidas? ¿Niños? ¿Animales?

Así sale a luz una economía libidinal perseguida por nosotros en el ‘porno’: la escenificación videográfica no sólo es de fetiches, también es de un ‘sexo ideal’ que siempre está perdido y respecto del cual lo único que podemos hacer es dar vueltas alrededor de signos que lo realizan (al precio de someternos a un simulacro incesante). Pero es más que eso. La pornografía ejemplifica la distinción lacaniana entre la necesidad, la demanda y el deseo; distinción que se refiere al modo en que los signos están destinados a satisfacer excesos de una Realidad nunca alcanzada en la vida cotidiana. Se desea ver ‘porno’ porque encontramos allí un valor representativo de las necesidades que demandamos puedan ser cumplidas en los signos. Cuando se representa mediante imágenes, por ejemplo, a una ‘bella’ mujer que le practica una felación a un hombre y, además, permite una eyaculación en su rostro, obtenemos un índice de la demanda (y su satisfacción correlativa) ligada al interés por cubrir una dimensión excedente del goce. Es como si en la experimentación virtual del sexo condujera a una realidad que cubre una dimensión irrealizable en términos ‘normales’ del sexo; como si se encontrara en el simulacro la fuente realmente real del goce. Si se quiere, cuando nos ocupamos de mirar los signos fetichizados no hacemos más que insistir en la idea de que algo realmente mejor ocurre por fuera de ‘nuestras camas’, o sea, en la impresión multiplicada por los signos de que ‘algo’ subyace al sexo.

De allí que nuestra reflexión tenga dos momentos. Primero: como causa de un posible placer, la imagen del objeto no es más que el referente del sujeto; es el pivote que articula el deseo con el placer porque es la proyección artificial de la demanda. O sea, la imagen condena a hacer ver –y, al tiempo creer– que lo importante es el artificio del simulacro y la presentación del sexo como objeto de atracción. En resumidas cuentas, la excitación de las partes específicamente erógenas resulta del parcelamiento significante del cuerpo. Ciertas partes del cuerpo son privilegiadas por la pornografía, no por su valor representativo de lo erótico, sino por un apresamiento simbólico de lo que da placer. Está pequeña dimensión simbólica aparece claramente descrita en la demanda. Cuando insistimos en que la pornografía supone una sustracción de signos en la formación de relaciones significantes (centralización del deseo en signos-objetos del cuerpo desnudo), en el fondo, tratamos de decir que la imagen consume los aspectos simbólicos e imaginarios del sujeto. Se puede decir que el ‘porno’ absorbe, si no todas, por lo menos gran parte de las demandas del sujeto al presentar una imagen transparente ‘de todo aquello’ que da lugar a la complacencia de tales demandas. Actualmente, si es posible atribuir una realidad a los deseos inconscientes es porque la eficacia de la imagen (para presentar fetiches) hace posible convertir el mundo psíquico de la demanda sexual en experiencia audiovisual. La imagen pornográfica satisface porque el sujeto puede hacer frente a sus demandas por medio de su simulacro.

Segundo: con la pornografía enfrentamos dos realidades de manera paradójica. En la primera esta la realidad en el sentido cotidiano de la expresión, esto es, la experiencia empírica de la vida tal y como se da repleta de inconvenientes: hombres con disfunción eréctil o eyaculación precoz –sin mencionar los retornos traumáticos de fallos asociados a la sexualidad en el orden anímico. Mujeres poco tonificadas y cansadas de la ineptitud masculina a la hora de desvincularse de la simple penetración en el sexo. Si miramos la sexualidad de frente nos topamos, sin más, con la ‘normalidad’ de la vida subjetiva. En la segunda realidad, confundimos el deseo con la petición constante y sostenida de la realización del excedente que no se cubre –en la primera realidad: en esa dimensión esta materializado lo que el sujeto desea y debe conquistar de sí mismo para realizar una sexualidad ‘ideal’. Es como si "hubiese un objeto soñado detrás de cada objeto real” (Deleuze-Guattari, 1985: 33). De manera que la ilusión de simulacro pornográfico no sólo viene del hiperrealismo de la imagen, sino de la idea de que hay por lo menos una instancia en la que el goce total puede ser posible. Y eso tiene una razón dada en la definición misma de la demanda. La noción de demanda implica –casi siempre– una cierta insatisfacción que la motiva: en estricto sentido, demandamos ‘algo’; pero ese ‘algo’ no es un objeto al que apunta nuestra atención, sino ‘otra cosa’.

Si cada vez que preguntamos ‘¿quiero tal cosa?’ realmente estamos diciendo ‘¿demando algo que no está en ella?’ persiste un tropiezo insuperable relacionado, en el fondo, con el hecho de que la demanda esconde un arquetipo irrealizable. O en términos lacanianos, un fantasma al que volvemos una y otra vez sin saber por qué razón estamos enlazados a él. Partiendo de esa idea, nuestra intuición es que el ‘porno’ hace posible una relación del sujeto con los signos en la que lo esencial no es el deseo, sino el objeto sexual presentado como instancia de demanda. Para nosotros, el simulacro pornográfico representa un ‘callejón sin salida’. Los sujetos demandan sexo hiperreal tratando de cubrir un vacío que viene de la idealización de la sexualidad con lo que no hacen más que persistir en un sesgo entre dos realidades incompatibles.

De cara a ese problema, la alternativa que plateamos es que el deseo tiene que ver más con la patología de la voluntad y no tanto con las representaciones asociadas a los objetos de interés práctico. Creemos que no se trata de rescatar una decencia perdida; la cuestión no es autorizar o prohibir las formas perceptibles del sexo (la imagen o la palabra). En últimas, todo nuestro ejercicio puede resumirse en la idea de que el deseo es lo que vincula la voluntad a los objetos de su interés y no un sentimiento producido por las características particulares de tales objetos. Con ello, tratamos de mostrar que al caracterizar el concepto de deseo como un afecto se lo puede oponer a una economía del placer en el sexo. Aquí vimos que, lejos de circunscribirse a una experiencia íntima del deseo, la imagen-porno anuncia que el deseo ha quedado detenido en una relación simbólica que se caracteriza por la constante presencia del fetiche; lo demás, dirá Baudrillard, es literatura (cfr. 1989: 41-42). Eso quiere decir que el estadio de la libre devoración carnal agota las posibilidades de la vida sexual en una satisfacción que no explica nada, ni dice nada acerca de lo que estaría por fuera del sexo. Ante el fetichismo ‘porno’ –y en general a la tendencia ‘falocentrada’ de la publicidad– no hay que oponerle una alternativa que pase por una ideología contestataria basada en las diferenciaciones de género32. Creemos fundamentalmente que la salida a la pornografía es evitar la ilusión de que algo está perdido y que podemos encontrarlo presentado en los signos de las descripciones (literales o gráficas): pero sobretodo se trata "de renunciar al goce para entrar en el orden simbólico”, como dice Žižek (2006: 107). Quizá podría añadirse que es necesario cesar en la idea de volcar la sexualidad en lo real como una condición que permite abrir las posibilidades simbólicas del deseo.



Sebastián Alejandro González Montero.

Prof. de Filosofía y Magíster en Filosofía

Universidad Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario – Escuela de Ciencias Humanas.

Miembro Investigador Estudios sobre Identidad (ESI) de la misma Universidad.

Doctorando en Filosofía Pontificia Universidad Javeriana – Facultad de Filosofía.


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1 Esta investigación está atravesada por múltiples compañías y afectos de distinto orden –no de preeminencia. Es innegable la presencia de Adolfo Chaparro en cada una de las versiones del trayecto recorrido aquí. Sin ánimo de pasar por adulaciones llenas de adjetivos, mis agradecimientos se deben a su amistad incondicional y complicidad filosófica. Entre nosotros no hay servidumbres dogmáticas ni acompañamientos enterrados en posturas filosóficas tercas. Creo que compartimos una cierta manera de proponer preguntas. Además, no puedo dejar de mencionar las amables, pero incisivas opiniones de Leonardo Ordóñez. Su inteligente lectura nada tuvo que ver con lisonjas hacia mi trabajo. Sus ‘rayones en rojo’ fueron señalamientos de debilidades en el argumento, problemas en la escritura, dificultades en las conclusiones (aún ahora creo que conserva algunas prevenciones acerca del hilo del argumento aquí elaborado). Adriana Alzate y sus palabras amorosas fueron invaluables a la hora de precisar cuestiones relacionadas con Lacan. No tengo más opción que devolverle algunas con igual cariño. Wilson Herrera fue un suspicaz lector que, gracias a su amplio conocimiento en Kant, me permitió establecer el camino que va hasta Sade. Finalmente, Ángela Uribe ha sido una compañía latente; más bien, constantemente presente. Nuestras conversaciones filosóficas más bellas siempre estuvieron acompañadas de cariño. Me falta mencionar a Gerónimo, Soledad, Ricardo y Esaú: en ellos giran mis afectos.
2 BAUDRILLARD, Jean, 1994, Simulacra and simulation. Michigan: University of Michigan Press.
3 LIPOVETSKI, G., 1996, El imperio de lo efímero: la moda y su destino en las sociedades modernas. Barcelona: Anagrama.
4 BAUDRILLARD, Jean (1989). De la seducción. Madrid: Editorial Cátedra, p. 45
5 Según Kant, "la materia de un principio práctico es el objeto que está ligado a la voluntad de verlo convertirse en realidad” (1961: 32). En otras palabras, la materia se refiere a la determinación de los sentimientos de placer, satisfacción, complacencia, deleite, etc., que se desprenden de la existencia empírica de los objetos.
6 Vamos, dice Sade, "¿cuándo comprenderán los hombres que no existe ninguna clase de gustos, por raros o criminales que puedan ser tachados, que no provengan de la fuerza que hemos recibido de la Naturaleza? Partiendo de esto, me pregunto con qué derecho un hombre se atreve a exigir a otro que mude sus gustos o que los modele de acuerdo con el orden social. ¿Con qué derecho las leyes, hechos únicamente para la felicidad de los hombres, se atreverían a someter a quien no puede corregirse, o que sólo lo lograra a expensas de la felicidad que deben garantizarle?” (1969: 143).
7 En el fondo, Filosofía en el tocador es un manifiesto de la utopía de una sociedad perfecta: "Sade es hijo de la ilustración. Y por eso esboza un modelo de sociedad que otorga una especie de derecho fundamental al exceso. La orgía es socializada. Las aberturas del cuerpo y los órganos sexuales son declarados propiedad universal. Burdeles, vergeles o cuevas se convierten en instituciones estatales. Allí todo está permitido, incluso la muerte por placer. La justicia general se establece por el hecho de que cada uno puede actuar bajo el presupuesto de su disposición a ser él mismo víctima. Pero también como víctima se puede encontrar un placer triunfante”. (Safranski, 2005: 176). También se puede encontrar la postura de Sade en sus escritos claramente políticos: "Carta de un ciudadano de París al rey de los franceses”, "Petición a los representantes del pueblo francés” y "Petición de las secciones de París a la Convención Nacional” (cfr. 1969)
8 "Durante estas disertaciones”, dice Sade, "se ha restablecido un poco la calma; las mujeres se han vuelto a poner sus túnicas y están recostadas sobre el canapé. Dolmancé se ha sentado junto a ellas, en un sillón”. Luego de eso, Dolmancé prosigue con la pregunta ¿qué son las virtudes? ¿quién puede creer en la religión?” (cfr. 1977: 40-46)
9 Podría ser que de allí venga la opción del crimen. Ese es un tema que nos excede, aunque podemos decir –provisionalmente– que la perspectiva de Sade compromete ‘algo’ más que la entrega al sexo. Las posibilidades de la transgresión no sólo limitan con las propias interdicciones, sino que tocan con el tema del crimen. Como dice Sade, "¿por qué habría de ser tan incorrecto matar si en la naturaleza la supervivencia es una de los principios más notables?” Sin freno alguno, ¿hasta dónde podría llegarse? "Hasta los crímenes más negros y horribles”, dice Madame de Saint-Ange. (cfr. 1977: 69 y 123)
10 Precisamente, dice Bataille, la reproducción sexual está encaminada a conjurar la discontinuidad de los hombres o el abismo que experimentan frente a la muerte: la reproducción sexual es un pasaje a lo continuo, puesto que la fusión entre los amantes hace aparecer un tercero que conserva algo de la existencia de los dos (2005: 25).
11 Edwarda (una prostituta de un burdel) no sólo goza en el acto sexual. Su éxtasis proviene del hecho de hacer jadear: "mira –dice ella- estoy en cueros… ven” (Bataille, 1978: 66). Para ella, el placer no está exclusivamente en la penetración. De hecho, siempre juega a eludir a su visitante cuando se trata de ‘entrar en la cama’; ella invita a un ritmo de la consumación del acto sexual que tiene que ver más con el deseo de la seducción en el que el dominio del placer está supeditado a la astucia para jugar con los signos del cuerpo. Eso sería, para Bataille, otra característica radicalmente humana de la sexualidad (cfr. 2005: 33–43).
12 BATAILLE, George, (2005). El erotismo. Barcelona: Editorial Tusquets., p. 33
13 El rasgo fundamental de la sexualidad humana en el sujeto no depende de las preferencias sexuales o los deleites que producen goce para la mayoría. Una mujer, diría Bataille, podría no encajar dentro de los prejuicios de lo bello y aún conservar ‘eso’ que la constituye como objeto de deseo para un hombre. La vida sexual de los sujetos generalmente se encuentra determinada por el impulso de la reproducción convirtiéndola en ocasiones en una actividad simplemente sexuada (cfr. Bataille, 1978).
14 Para Bataille, en la diferencia entre la pura actividad sexual y la interioridad de la sexualidad humana se encuentra la clave definitiva para entender los acontecimientos que corresponden al paso del hombre al animal. Esa diferencia se explica, para él, por el surgimiento de las restricciones que pesan sobre prácticas como el matrimonio, la sepultura, la orgía, etc. (2005: 34).
15 BATAILLE, George (2005). El erotismo. Barcelona: Editorial Tusquets.
16 Bataille se ocupa a lo largo de su trabajo sobre el erotismo del análisis del matrimonio, la caza, la muerte, la prostitución y las prácticas religiosas del cristianismo (cfr. 2005: 75 - 135).
17 También habría que tener en cuenta en Sade [igual que en Masoch] que las funciones de las descripciones son modos distintos de expresar cuadros sintomáticos muy peculiares, esto es, el sadismo y el masoquismo. Para una exposición detallada de ese problema, cfr. Deleuze, 1973: 28-39.
18 Como dice Klossowski, "la perversión, por los actos que inspira sólo obtiene su valor transgresivo de la permanencia de las normas [el subrayado es mío]. El hecho de que la perversión está más o menos latente en los individuos, no sirve más que de modelo propuesto a los individuos ‘normales’ como vía de la transgresión, de la misma manera que la afinidad de un perverso con otro permite una mutua superación de su caso determinado” (1969: 21).
19 La ambivalencia de la voluntad respecto de sus motivos determinantes esta igualmente expresada en la relación entre Juliette y Justine. "Madame de Lorsange que entonces se llamaba Juliette y cuyo carácter y espíritu estaban casi tan formados como a la edad de treinta años, época de la anécdota que contamos, no pareció sensible sino al placer de ser libre, sin reflexionar un instante en los crueles reveses que rompían sus cadenas. Justine, su hermana, que acababa de cumplir doce años, de carácter sombrío y melancólico, dotada de una ternura, de una sensibilidad sorprendente que tenía en lugar del arte y la finura de su hermana ingenuidad y candor, una buena fe que la haría caer en varias trampas, sitió todo el horror de su posición. Esta jovencita tenía una fisonomía muy diferente de la de Juliette; tanto se veía el artificio, el manejo, la coquetería en una, como se admiraba el pudor, delicadeza y timidez en la otra” (Sade, 1971: 8)
20 BAUDRILLARD, Jean (1989). De la seducción. Madrid: Editorial Cátedra, p. 46
21 Como dice Kierkegaard, ¿Es que estoy ciego? ¿Es que he perdido la energía visual de mi mirada íntima del alma? La vi sólo un instante, cual una aparición celestial, y ahora su imagen se ha desvanecido por completo en mi memoria. Trato inútilmente de recordarla. Pero la reconocería entre miles de muchachas. Esta lejos de mi, y en vano la busca mi ilimitado deseo, con los ojos del espíritu” Y más adelante, "mi alma aún forcejea, apremiada por la misma contradicción. Sé que la he visto, pero también sé que la he olvidado y, así, este residuo de recuerdo puede brindarme poco consuelo. Mi alma reclama aquella imagen con tanto desasosiego y tanta violencia, como si todo mi bien estuviera en juego. Sin embargo, no puedo distinguir nada; desearía arrancarme los ojos para castigarlos. Cuando se apacigua mi impaciencia y recobro la calma, casi me parece que sentimientos y recuerdos sólo me interesan delante de una imagen, su imagen (el subrayado es mío) (Kierkegaard, 1977: 29-30).
22 Pero antes una aclaración. Sabemos que Kierkegaard se refiere al erotismo musical (estadios estéticos inmediatos) despertado por el Figaro y Don Juan de Mozart (cfr. 1969: 123-149). Sin embargo, creemos que es posible describir los estadios eróticos considerados a partir del Diario ya que involucran la misma intensidad con la que se adscriben los sentimientos musicales en el individuo. Eso quiere decir que a través del concepto de estadios eróticos tratamos de describir los diferentes momentos de la relación entre el deseo, la voluntad y el objeto. En otras palabras, aunque en un plano estético distinto, Cordelia constituye un objeto que pone en juego una particular forma de la ambigüedad de la voluntad respecto de ‘aquello’ que apetece.
23 "Y ahora, un poco de paciencia [dice Johannes], sin apremios: me la han destinado y algún día me pertenecerá” (Kierkegaard, 1977: 21). Y más adelante escribe, "su imagen ondea indefinida ante mi espíritu. Y la veo tanto en su aspecto ideal como en su figura real, que es lo encantador. No soy impaciente: ella vive en la ciudad y esto me basta. Su verdadera imagen deberá mostrárseme. Todo debe gozarse a largos intervalos” (Kierkegaard, 1977: 43. El subrayado es mío).
24 "Hoy, por primera vez, la he visto en casa de la señora Jansen. Me presentaron a Cordelia, pero me pareció que no me prestaba mucha atención. Para poder observar con mayor atención, procuré conservar la calma cuanto me fue posible” (Kierkegaard, 1977: 47).
25 KIERKEGAARD, Soren 1977). Diario de un seductor. Barcelona: Ediciones 29. p. 52
26 Quizá, dice Baudrillard, "los signos no tienen por vocación entrar en las oposiciones ordenadas con fines significativos: esa es su destinación actual. Pero su destino quizás es muy distinto: podría consistir en seducirse los unos a los otros, y seducirnos por eso mismo. Es una lógica completamente distinta la que regularía se circulación secreta” (1969: 100).
27 "Así es también mi Cordelia; y tengo la certeza de que se le parece, aunque su corazón deba estar en los labios, pero más que en las palabras en los besos. Labios suavísimos, llenos de sangre en flor: ¡jamás vi otros más bellos! ¡Ahora estoy verdaderamente enamorado¡” (Kierkegaard, 1977: 35)
28 Recodar la definición de materia como lo que se refiere a la determinación de los sentimientos de placer, satisfacción, complacencia, deleite, etc., que se desprenden de la existencia empírica de los objetos. (1961: 32).
29 "El placer derivado de la representación de la existencia de una cosa, […], se funda en la receptividad del sujeto porque depende de la existencia de un objeto” (1961: 38). Kant definió el concepto de receptividad en la Crítica de la razón pura diciendo que se trata de la capacidad de ser afectados por objetos de manera sensible (receptividad de las impresiones). Para una exposición detallada cfr. CRP. A19-B33, A27-B43, B59-B63.
30 Una descripción detallada y minuciosa de la satisfacción es cosa de la psicología porque compete a los fenómenos subjetivos de los que sería agradable para alguien. Eso es especialmente explícito en la Crítica del juicio, sobretodo cuando Kant se ocupa del interés empírico en lo bello (1977: 248)
31 De hecho, la ironía del seductor está en que una vez consumada la seducción –en el sentido del juego y el ritual–, desaparece. "No deseo verla nunca más”, dice después del desfloramiento (Kierkegaard, 1977: 125). Transformar a Cordelia en la ilusión perfecta de las apariencias es hacer la caer en un régimen que sólo se sostiene por la existencia misma de tales apariencias y por la circulación de los signos que las representan. Una vez consumada la apetencia, ya no hay más que la indiferencia.
32 Como dice Baudrillard, el ocaso del psicoanálisis y de la sexualidad como estructuras fuertes, su hundimiento en un universo psíquico y molecular (que no es otro que el de la liberación definitiva) deja así entrever otro universo (paralelo en el sentido de que no convergen jamás) que no se interpreta ya en términos de relaciones psíquicas y psicológicas, ni en términos de represión o de inconsciente, sino en términos de juego, de desafío, de relaciones duales y de estrategia de las apariencias: en términos de seducción –en absoluto en términos de oposiciones distintivas, sino de reversibilidad seductora– un universo donde lo femenino no es lo que se opone a lo masculino, sino lo que seduce a los masculino […] ¿Qué oponen las mujeres a la estructura falocrática en su movimiento” Una autonomía, una diferencia, un deseo y un goce específicos, otro uso de su cuerpo, una palabras, una escritura –nunca la seducción. Ésta les avergüenza en cuanto puesta en escena artificial de su cuerpo, en cuanto destino de vasallaje y de prostitución. No entienden que la seducción representa el dominio del universo simbólico, mientras que el poder representa sólo el dominio del universo real (1989: 15).
Categoría: Textos | Ha añadido: esquimal (11.07.02)
Visiones: 978 | Tags: KANT, seducción, Kierkegaard, Erotismo | Ranking: 0.0/0

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